miércoles, 19 de diciembre de 2012

EL UNIVERSO ESTÁ CONTENIDO EN UNA PEPITA DE UVA



Dice el maestro zen Thich Nhat Hanh que el universo entero está contenido en un grano de arroz. Intento descubrir el significado de estas palabras mientras observo el mar de vides que rodea el perímetro de mi hogar. Tengo la fortuna de vivir en medio del Penedés rodeado de viñas, desde los márgenes del jardín hasta donde termina el horizonte.

Miro las hojas, como comienzan a nacer en primavera, llegan al clímax en verano y mueren en otoño. Veo las flores y los frutos. Me maravillo con el color de los racimos justo antes de ser cosechados. Parece que contengan toda la energía del sol que la planta ha recibido durante meses. Siento el dulzor en la boca de esos turgentes granos de oro solo con mirarlos.

Hace un tiempo escuché que no somos ni vegetarianos, ni carnívoros, ni omnívoros, sino que somos energívoros, esto es, nos nutrimos de energía. Esa energía la obtenemos de los alimentos. Sea una lechuga o un lechón, ambos han necesitado de la fuente, o sea del sol. Las plantas son los laboratorios milagrosos que captan la luz del sol y gracias a ella generan la materia vegetal. Luego las gacelas se comen la hierba, los leones se comen a las gacelas, y el hombre, demasiadas veces, se los come a todos. Así que, nos bebamos una copa de vino o nos comamos un ave, pez o mamífero, estaremos recibiendo del Sol. El mismo maestro mencionado arriba también dice que el sol es como el segundo corazón de todos los seres vivos. 

Escudriño con la mirada la vejez de los troncos de millones de cepas y comprendo la dureza de la planta. No me sale llamarla arbusto, se me antoja un ser vivo duro pero a la vez delicado e incluso caprichoso a veces, requerido de los mimos del arado y la sulfatadora al son de un preciso calendario.

Entonces dirijo la mirada a la tierra donde hunde sus raíces la prodigiosa. También a los despojos que allí reposan y se dejan devorar por la vida del suelo. Siento fascinación al pensar que ahí ocurre otro milagro del universo: la materia orgánica se descompone, la hoja roída por el bicho, el cadáver comido por los blancos y viscosos, para dejar paso a los invisibles y rematar la faena. Donde unos ven muerte, otros ven allí también la vida. Ejércitos de bacterias y hongos se encargan de reducir la materia a ladrillos que poco antes fueron un castillo. Entonces, cuando se toca fondo, la vida vuelve a reorganizarse, incrementándose de nuevo la complejidad de la materia aglutinando vida. De la misma forma que nosotros descuartizamos un animal, luego lo masticamos –sí, previamente cocinado-, el bolo alimenticio viaja al estómago y  lo ingerido prosigue hasta llegar al intestino, donde millones de microorganismos organizados en vellosidades se encargan de la asimilación de los nutrientes para pasarlos al riego sanguíneo y nutrir a las células. Microorganismos muy parecidos a esos son los que están en la tierra en asociación con las raíces, estableciendo una simbiosis en la que ambos salen beneficiados, como en el caso de nuestra flora. Trabajo a cambio de casa y comida. 

La sinergia de la energía solar, el agua, la vida del suelo –también llamada fertilidad-, el contexto vincular con los otros seres vivos  del ecosistema compartido, las inclemencias del tiempo y demás factores están contenidos en la uva que nos bebemos en esa copa de cristal. 

A estas alturas del viaje, mi intuición me dice que quizás sea cierto que todo el universo está contenido en un grano de arroz, o en una pepita de uva. Tantos misterios son necesarios para deleitarnos el paladar.

Yendo más lejos, sabemos que nuestro planeta no es, ni más, ni menos, que un pedazo de algo más grande que un día estuvo junto a lo que hoy es el sol. Hace catorce mil millones de años todo lo que vemos y no alcanzamos a ver, ingentes cantidades de materia, cucharadas de substancias que pesan infinitas toneladas, como esas estrellas moribundas llamadas enanas blancas, todo estaba concentrado en un punto menor a un átomo y a una temperatura que no se comprende con la razón. Hasta que reventó salpicando el vacío sin espacio ni tiempo de polvo y gas que fue fermentando hasta producir galaxias, estrellas, planetas y nosotros.

Todo lo que vemos en el infinito firmamento está contenido en la botella etiquetada con un código de barras. Pero así de sosos y ciegos somos, que no vemos con el corazón, el milagro que se esconde radiante detrás de todas las cosas. 


David Rodríguez González

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